La banda "En 5 estoy" hizo música con mi poema "Si por un instante", publicado en el año 2015 en el libro "¿Por qué poesía?" de Editorial Dunken. Para escucharla, click aquí.
Foto en una clase de navegación, en la Escuela Naval Militar
(Río Santiago, Buenos Aires, Argentina).
sábado, 24 de octubre de 2015
Sin querer bajé la guardia y en un descuido te creí...
-¿Tarjeta de crédito? ¿Para pagar en cuotas y qué se yo? No, no tengo tarjeta de crédito. Es más, me aterra. ¿Sabés qué es lo primero que hago cuando compro un shampoo o un paquete de galletas? Le miro el vencimiento. Un verano. Dos veranos. 15 días para hacer dieta. Dos más para interrumpirla por el asado del domingo. ¿Y cuando abro una agenda por primera vez? Directo a las páginas donde está el almanaque de los años que le siguen. Sí. Los que te dicen cuándo va a caer el día de los santos inocentes la próxima vez que te compres una agenda. Supongo y quiero pensar que voy a ser una viejita feliz pero, ¿pagar algo en 12 cuotas? Demasiado: Una Navidad. Un cumpleaños más. Un año nuevo. El tiempo pasa y uno se desespera por terminar de pagar las cuotas del televisor, la licuadora y de alguna que otra cámara de fotos, ¿pero después? ¿Qué hiciste durante todo ese tiempo? Sí, seguro viste tele, te licuaste un daikiri y sacaste varias fotos pero, ¿y el tiempo? ¿Ese que te queda cuando pasás del 1/12 al 2/12 y así? Rogaste al cielo que cada mes se acercara lo más rápido posible al último mes de la cuota. ¿Viviste? ¿Dormiste tranquilo? Mientras tanto te sorprende tu cumpleaños y te encontrás pagando la 11/12. Y sonreís. Ya se termina. Y te quejás. Tenés un año más. ¿Y qué querías? ¿Que pasara el tiempo o que no lo hiciera? Y así va tu resumen decidiendo por vos. Marcándote el tic tac de lo que te queda por viv... ¡por pagar! ¿12 cuotas? ¿Atarme al tiempo? Tome nomás. Efectivo...
Después de decirle lo mucho que significaba para mí, ésa fue la primera vez que no me sentí la peor basura del universo con su indiferencia... Creo que hacía un esfuerzo sobrehumano para no lastimarme. Y eso me inspiraba cierta ternura.
Después de un rato de silencio mirando las estrellas me dijo: -Sos muy especial para mí. Se me llenaron los ojos de lágrimas y por el cuerpo me corrió un escalofrío que me dolió hasta la punta de los dedos.
-Vos sos muy especial para mí, le dije.
Y en cualquier contexto esas palabras hubieran significado algo hermoso. Pero en el nuestro no. Para nosotros era una mezcla de alegrías y tristezas y tiempos desencontrados. De sintonías desiguales. De sueños sin dueño y miles de planes sin un valiente que los lleve a cabo. Un resumen de lo que muy probablemente no tendríamos jamás.
Todo lo que éramos, todo lo que teníamos con nosotros esa noche bajo las estrellas, estaba ahí...
Mi padre solía decir que los milagros ocurren de una manera
muy distinta a cómo uno los imagina. Una noche cuando volvió de trabajar, se
sentó en la mesa a la hora de la cena y nos contó sobre una alumna que había
estado faltando a sus clases repetidas veces y que, cuando le preguntó qué
sucedía, ella contestó que le habían descubierto cáncer a su hermano. Desde
aquella triste noticia ni ella ni su hermano eran los mismos. Sus rostros
reflejaban la tristeza y la desesperación de quien ha olvidado cómo planear a
largo plazo...
Sin embargo, una tarde cualquiera (o quizás no tan
cualquiera), la sorpresa tocó sus puertas y con una sonrisa de oreja a oreja
como si el mundo le hubiera dado su mejor regalo, ella estalló de felicidad y
le contó a mi padre: -¡Fue un milagro, maestro! ¡Mi hermano nunca estuvo
enfermo! ¡Nunca tuvo cáncer! ¡Un milagro!
Escuchándola y compartiendo también esa inmensa y contagiosa
felicidad, mi padre le preguntó: -¿Pero un milagro? ¿Por qué un milagro,
Mercedes? Si su hermano nunca estuvo enfermo...
Y la alumna, quizás ahora la persona más dichosa sobre la
tierra, le contestó: -Sabe, maestro, los milagros no consisten solamente en
convertir el agua en vino o en multiplicar los panes, los milagros también
suceden cuando en medio de tanta oscuridad surge una luz, por pequeña que sea,
que le ilumina la vida cuando creía haberlo perdido todo...
Puede que sólo un día al año nos toque festejar que seguimos aquí. Junto a los que siguen aquí. Puede que sólo un día al año los relojes del mundo se sincronicen y las copas de todas las casas y restaurantes decidan chocarse al unísono celebrando la llegada de nuevas posibilidades. Puede que sólo un día al año hagamos una lista de tareas y cambios y promesas, y que sólo un día al año comamos doce pasas al llegar la medianoche. Pero aquí estamos. Pisando el año entrante y despidiendo al que se va. Algo nos dice que se acerca otra oportunidad para seguir soñando, para renovar energías, ilusiones, deseos. Para dejar atrás viejas rutinas y empezar a revivir las aventuras que hace tanto dejamos olvidadas. Algo nos dice que es la ocasión perfecta para seguir avanzando. Para saber que el tiempo continúa dándonos una palmadita en la espalda, empujándonos y obligándonos a ir hacia adelante. Porque sí, porque estamos vivos. Por la simple y bendita razón de que estamos vivos...